miércoles, 26 de agosto de 2015

El traductor en busca de sentido






Para Ludwig Wittgenstein, los límites del mundo los marcaba el lenguaje y la verdad es que nunca se ha dicho algo tan acertado. Desde que el hombre se dio cuenta de su necesidad de comunicarse con su alrededor, empezó una eterna búsqueda. Ávido de conocimiento, en seguida supo que no podía vivir sin identificar la realidad en la que vivía. Ahí fue cuando nació la verdadera esencia de la humanidad: el lenguaje, los primeros idiomas. Fue entonces cuando surgió la magia de las palabras y, como cualquier don, no tardó en convertirse en un arma de doble filo.

Excelsior (LA). En su sed de alcanzar lo inalcanzable, el hombre emprendió escala hacia los cielos y Dios, para impedirlo, hizo que los constructores hablaran distintos idiomas con la intención de que después se dispersaran por la Tierra. Quisimos llegar a lo más alto y, sin darnos cuenta, dimos a luz a una de las profesiones más antiguas y necesarias del mundo. Las lenguas viperinas dirán que fueron los traductores.

Ápeiron (EL). Y en verdad así fue que dimos con oficios tan nobles como la traducción y la interpretación. El hombre, en su eterna búsqueda, había conseguido poner nombre a muchas cosas, aunque todavía le faltase un largo camino por recorrer. Los del gremio seguimos luchando por conocer no solo la realidad que nos rodea a nosotros, sino la de otras muchas culturas y, en nuestra labor, nos enfrentamos al vacío de las cosas que no pueden ser definidas.

Cafuné (PTbr). Quizá sea esa la única verdadera naturaleza del hombre: enfrentarse al vacío. No obstante, no siempre fue así. Originalmente, eramos un ser completo, pero Zeus decidió dividirnos en dos y ahí surgió otro de los frentes de nuestra eterna búsqueda. En verdad, no procuramos más realidad que aquel nombre que nunca olvidaremos, aquella persona con la que compartir el resto de nuestras vidas. No buscamos más que alguien que nos acaricie con ternura el pelo cuando caigamos rendidos en el lecho al final del duro día.

Kummerspeck (DE). Por desgracia, no todo el que busca encuentra. En algún momento de su existencia, al ser humano no le quedó otra que evadirse del crudo mundo que se había empeñado no solo en identificar, sino en comprender. La literatura de seguro ayudó a más de uno, pero no hay nada que consuele de igual manera que llenar el buche. En sus momentos de desazón más profunda, el hombre se dio cuenta de uno de los fenómenos que después estudiaría la psicología, y es que  el (des)amor empuja a ganar kilos.

Wanderlust (DE). Sea como fuere, nunca desistimos de nuestra misión vital y nos lanzamos a explorar, descubrir y conquistar todo. En cierta manera, también forman parte de nuestra naturaleza, esas ganas de viajar Dios sabe a dónde, de perdernos en lugares remotos con la esperanza de dar con nuevas realidades que nombrar o, quizá, de encontrarnos a nosotros mismos.

Saudade (PTbr). Lo que no sabíamos era que cada lugar que visitábamos nos enriquecía, sí, pero también nos hacía más vulnerables. Nos creíamos almas libres que podían acomodarse allá donde fueran, sin echar raíces. Nadie nos dijo que cada viaje nos dejaría una mella irreparable, una nostalgia inefable de lo allí vivido.


Sentimos  y experimentamos aspectos de la vida que no sabíamos ni que tenían nombre. Quizá indentificarlos nos ayude a entendernos mejor o tal vez no, en el fondo, no somos más que una suerte de primates con un vocabulario increíblemente extenso.










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